Dilailas

Ayer comí con mi amiga Yolanda y, en un momento de la conversación, le comenté que estaba harto de intentar darme de baja en Telefónica de una de las líneas ADSL que tengo. La pobre soportó, estoicamente y sin perder la sonrisa, mis lamentos y mi frustración… Los contestadores automáticos enumeran todas las opciones habidas y por haber — menos la que te hace falta — y cuando al fin conectas al otro lado del hilo con una voz amable y piensas que ya está hecho: ¡Ni hablar del peluquín!. Te dice, muy amable, eso sí, que tienes que llamar a otro número. Cuelgas, tomas aire y lo intentas de nuevo, hasta que consigues hablar con otro agradable operador que te dice que vuelvas a llamar al primer número que marcaste. Uno, además de estos menesteres, también tiene una vida propia y, por qué no decirlo, poca paciencia para aguantar que le tomen el pelo. La solución es que me olvido del tema hasta el mes siguiente cuando me llega una nueva factura y entonces me vuelvo a acordar de que me tengo que dar de baja de Telefónica… Así,  llevo meses.

Le comenté a Yolanda aquellos tiempos en los que podías llamar a una Compañía y preguntar por el responsable, el encargado o la persona que se ocupa, y mejor o peor te daba las directrices para que actuaras. Ahora, todas las grandes empresas se han aprendido el cuento: montar un call center y  estafar a la gente que, por paciencia, educación o falta de ánimo, nos dejamos engañar.

Mi amiga me miraba soportando mi monólogo hasta que, finalmente, moviendo la cabeza y sonriendo maléfica, me dijo.

  • Yo, una vez a la semana, me dedico a las “dilailas”. Advierto a mi marido y a mis hijos de que no me molesten, y me concentro en resolver dilailas.

Ya nos conocemos hace tiempo, tanto como para que nos manejemos con una curiosa jerga basada en cientos de chascarrillos comunes y vivencias divertidas, pero esa palabra era nueva en nuestro diccionario.

  • ¿Dilailas? — le pregunté intrigado, pero con la certeza de que iba a tener su enjundia.

Entonces, pasó a exponerme la definición de la dichosa palabreja: una “dilaila”, es una marrón (cito textualmente), es el típico problema que te surge de una compra defectuosa, de un mal servicio, de una multa, de querer darte de baja de algo que has contratado y, cuando pretendes reclamar tus derechos, entonces se convierte en una misión imposible. No pediste la garantía, no tienes factura o, simplemente, la empresa ha montado un dispositivo inexpugnable a su alrededor.

Me contó que en ese momento ella tenía tres dilailas. Una de ellas es que el perito del taller tardó una semana en ver su coche y ahora le están reclamando el dinero que tuvo que gastar en el alquiler del vehículo de sustitución. Conozco su perseverancia y no dudo de que lo conseguirá. Incluso, me comentó ufana, que hace poco le habían quitado una multa. Claro, ella es de ese uno por ciento de la población que no permite que le tomen el pelo, pide factura de compra y la guarda, manda el sello de la garantía en tiempo y revisa las facturas. La verdad es que me dio envidia, pero también me hizo recapacitar, mientras degustaba un delicioso cocido, en mis propias dilailas y en cuántas tendría yo en ese momento. En un instante recordé tres, ahí pendientes de mí, persiguiéndome inmisericordes como ladillas y poniendo en evidencia mi falta de coraje para resolverlas. Lo siguiente que me vino a la cabeza es que todos llevamos dilailas pegadas a nuestra vida, es una cuestión implícita al habitante de las zonas civilizadas. Allí mismo, con los garbanzos y el chorizo como testigos, me juré a mi mismo que iba a terminar con mis dilailas aunque fuera lo último que hiciera en mi existencia. Para ser honesto y realista, no le hice esta confesión a Yolanda por si las fuerzas me flaquearan, ¡a ver quién la aguanta luego!

Hoy me he levantado y soy un hombre nuevo. He retomado un tema de seguros que tengo pendiente, un dinero que me debe la compañía Mercurio, la que gestiona los seguros de empresas municipales de transporte; sí, la del presidente de la CEOE, Díaz Ferrán, la que ha ido a suspensión de pagos. ¡Una dilaila clásica! Acojonante, resulta que el presidente de los empresarios me debe dinero, pobre, además los malotes del gobierno le han dicho que su compañía de viajes Marsans ya no se va a hacer cargo de los viajes de los diputados… jooo, pero por qué ahora os cebáis con el pobre Díaz Ferrán… De verdad que tenemos lo que nos merecemos, ni más, ni menos.

El caso es que después de varias llamadas, he conseguido hablar con una señorita de un consorcio que tramita las indemnizaciones. Me reconoce la deuda, ¡bien!, y también me dice que, lo mío ha sido mala suerte, el día 7 de marzo dieron el visto bueno al pago y el 15 quiebra la compañía, ¡Mecachis!. Me toma mis datos para cuando decidan pagar algo y, de paso, me pide mi cuenta del banco, aunque ya la tienen. Pero, y aquí viene la preparación de la dilaila, me pide que le mande un fax con mi libreta. Le pregunto que a qué libreta se refiere y me contesta que la del banco. Me quedo a cuadros, la última libreta que tuve creo que fue a los diez años y en ella metía monedas de dos reales, las del agujero, ante la supervisión de mi padre. Le digo, que no tengo libreta  y me responde que, sin libreta… Me sale contestarle: “Tornad vuestra merced en el empeño, que no he de enviar libreta yo”, pero me callo.

La única concesión al progreso que me hace es que no es necesario ni sobre lacrado, ni transporte en calesa, ni siquiera el obsoleto fax… ¡puedo enviarle la libreta escaneada!. Pero, Dios es justo, cuando ya me estaba imaginando la cara de mi amiga Marisa, la directora de mi banco, cuando le pidiera una libreta, de pronto, me he acordado de que mi hijo tiene una libreta y por suerte, aparece mi nombre. La he escaneado y se la he enviado “ipso facto”. Aún no las tengo todas conmigo, mi hijo es el titular, pero estoy satisfecho porque, al menos, he puesto en marcha un tema olvidado. Otra cosa es cuándo me pagarán… eso son dilailas mayores. La señorita que me ha atendido me ha dicho que pueden ser días, semanas, meses…

 

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